Mind uploading, de José Cascales

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Auditorio de la Fundación GO.

En el centro del estrado un hombre de mediana edad levanta las manos reclamando nuestra atención.

—Señoras y señores. Les pido un aplauso para nuestro presidente, Dmitry Mask.

Al unísono, los asistentes se levantan y baten las manos con admiración. El señor Mask es el mecenas más importante del mundo y por ese motivo estoy en el auditorio.

Aparece por un extremo sin iluminar. Su traje azul oscuro, de una sola pieza, realza su paso firme y acompasado. Llega al estrado y estrecha la mano del speaker. Sonríe, se le nota feliz.

—Gracias Bill —dice al separarse de él.

Reacio a dejar el escenario, Bill añade.

—El señor Mask nos honrará con la lectura de los finalistas a la beca 10.

Ahora sí, Bill se marcha.

Dmitry bebe un poco de agua del vaso que hay en el atril. Deja el vaso, apoya sus manos en los extremos de la mesilla y se toma unos segundos para observarnos. Extrae algo parecido unas gafas y se las pone.

—Gracias por venir. Es un placer informarles de la identidad de los tres finalistas a la beca 10. Antes quiero hacerles patente la dificultad para elegir solo tres proyectos de los quinientos ochenta presentados. La humanidad puede estar satisfecha de esta generación de científicos.

Aplausos.

—El orden es aleatorio y no significa preferencia alguna. Los tres parten con las mismas oportunidades. Empecemos.

Se lleva la mano al bolsillo superior de su traje y saca algo parecido a unos sobres. Extrae una lámina translucida del primero y vuelve a tomarse unos segundos para observarnos. El silencio es absoluto.

—Proyecto “Instant communications with interplanetary colonies” de la hindú Zahra Desai, de la University of Madras, consistente en el descifrado de la información de los fotones que corresponden a un solo estado cuántico conjunto.

Aplausos.

Dmitry coge el segundo sobre, se ajusta las lentes y levanta la vista de la lámina.

—Proyecto “Immortality. Genetic manipulation” de la malasia Suhana Chandra de la Universiti Putra Malaysia (UPM), que se centra en la reprogramación de una célula normal para convertirla en una célula madre capaz de dividirse y mutar su naturaleza.

Aplausos.

El presidente coge el tercer sobre y ya no me quedan uñas. Es la última oportunidad de oír mi nombre.

El señor Mask extrae la tercera lámina del sobre y dice:

—Proyecto “Mind uploader” de la española Alma Avalos de la Universidad Politécnica de Catalunya (Informática) y Universidad Complutense de Madrid (Física), sobre la transferencia mental como continuación del yo hasta el transvase a otro cuerpo humano, o ente.

Aplausos.

Casi inaudible el presidente añade:

—Se abre el periodo de votaciones. Buenas noches.

La ganadora de la beca 10 fue la hindú Zahara Desai. Estaba cantado, era el proyecto más comercial y el más útil para la colonia marciana. El lobby marciano tenía mucho poder en la fundación GO, por algo era su segundo máximo valedor económico.

Lo peor no fue perder la oportunidad de mi vida, lo peor fue el accésit con el que premiaron a la malasia Suhana Chandra. Eso incrementó mi castigo interno, era la condena definitiva a mi proyecto y el olvido de mí persona.

El recuerdo de la ilusión con la que recibí la carta como finalista de la beca 10, no atenuaba mi frustración. La ganadora conseguiría una beca de ensueño: la financiación y el equipo técnico-científico necesario para desarrollar su proyecto durante diez años.

Aquellos hechos marcaron mi vida, en realidad marcaron mi mente con un dolor impensado, con un sufrimiento profundo que me impedía pensar en el futuro.

Pero la vida es lo que tiene, cuando todo sale mal… todavía puede empeorar. La humillación fue máxima, por lo menos eso pensé en ese instante, cuando me propusieron trabajar en la creación del software que debía desarrollar las simulaciones de reprogramación genética del proyecto “Immortality. Genetic manipulation” de Suhana. Fue ella la que se empeñó en contratarme.

Me envío una preciosa comunicación glosando mis logros y su admiración por mis trabajos. Mi ego suturó mi odio hacia ella, que yo sabía que no merecía, y accedí a visitarla en su despacho privado.

Suhana vestía una camiseta negra, unos pantalones negros y una coleta que sujetaba su pelo negro como el carbón. Al entrar yo, ella se levantó de su silla dejando atrás una mesa repleta de pantallas.

—Hola Alma, muchas gracias por venir.

Sus dientes blancos parecían ser los que hablaban, en contraste con su piel oscura. Después de un cálido abrazo, con su mano, me señaló una silla al lado de la suya para que me sentara.

—Gracias por citarme Suhana… estoy un poco desubicada con tu ofrecimiento…

No me dejó terminar.

—Alma, no existe nadie con tu preparación para desarrollar ese software de simulación. He consultado con varios expertos y todos concluyen que tú eres la persona adecuada.

Es muy probable que tuviera razón, pero habíamos sido enemigas y yo había perdido. Suhana adivinó, en mi silencio, mis pensamientos.

—No debes pensar en que hemos sido rivales. En el plano más positivo para ti, vas a poder acceder a tecnología de primer orden y eso puede ayudarte en tus proyectos.

Me guiñó un ojo del modo más atractivo y cómplice posible.

—Te invito a cenar.

No pude articular palabra y ella, ni siquiera esperó mi respuesta, me cogió de la mano y me arrastró fuera del despacho.

Nos casamos tres meses más tarde y me convertí en su “ampliación de memoria”, las dos fuimos una sola mente.

Transcurridos treinta años, el proyecto de Suhana aportó avances en cuanto a la longevidad humana, pero la inmortalidad todavía estaba lejos de ser alcanzada.

A pesar de todo, la financiación seguía alimentando el proyecto, los resultados eran lo suficiente interesantes para los mentores. El equipo científico que continuaba el legado de mi mujer era de primer orden y ya no me necesitaban.

Mientras esparcía las cenizas de Suhana en los jardines del complejo “Chandra” decidí que era el momento de hacer lo que no pude hacer con ella.

Durante nuestra convivencia, Suhana me permitió tener mi espacio individual. Me dio la libertad para desarrollar mis inquietudes. Creé un software que realizaba el seguimiento de mis redes sociales, correos electrónicos, llamadas telefónicas, apps, juegos, agenda, ubicación. Es decir, toda la huella digital.

También creé un Avatar que chateaba conmigo con la intención de dar sentido a los datos recogidos en todo el proceso y fabricaba un espejo de mis emociones, sentimientos y reacciones.

Con los datos recogidos por el Avatar, se generaron unos patrones que se transferirían a un software que replicaría la información a un molde neuronal y que culminaría con el trasvase final.

Hice lo mismo con Suhana, pero ella se lo tomo como un juego y siempre pensé que lo hacía más por mí que por ella.

Suhana se infectó manipulando un cóctel de virus que intentaba desactivar. Afortunadamente se dio cuenta y se encerró en la sala de cuarentena para proteger el Complejo. Y allí la encontré cuando fui a recogerla para ir a cenar. Me miró con sus ojos negros y nuestras manos se unieron sobre el cristal.

—No te preocupes mi amor, será rápido —dijo.

Yo no paraba de llorar, casi no la veía.

Suha, podemos intentarlo, —grité, golpeando el cristal.

Ella me miró, sus ojos negros pasaron al blanco y se desmayó.

Yo gritaba mientras varias personas me sacaban fuera del laboratorio.

Suhana entró en coma y ya no despertó.

Es hora de dejar los recuerdos atrás y finalizar mi proyecto.

Sola, acostada en la camilla y conectada con los ordenadores, me dispongo a dormir. Cuando mi sueño entre en la fase REM se activará el protocolo de transferencia.

Me despierto, en realidad no, estoy consciente. No tengo cuerpo, pero me siento succionada. Todo es negro. No existe ningún punto de referencia para calcular mi velocidad de desplazamiento. Percibo como atravieso capas que disminuyen mi velocidad. Asimilo recuerdos, sensaciones, reacciones… y vuelvo a acelerar. El desplazamiento sigue a otra capa y otra y otra más. El movimiento es global, total, “¡no, no me desplazo, estoy expandiéndome como la explosión de una supernova!”

Me detengo. No veo nada, todo es oscuro, negro. Estoy viva, pero no sé dónde estoy.

Mi experimento ha tenido éxito, un éxito que necesito compartir con la humanidad, aunque todavía no sé cómo hacerlo.

José Cascales Vázquez
Escritor aficionado 
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